jueves, 22 de abril de 2010

La palabra de hoy

-Dale, levantate Joaco.
-Me hiciste tostadas?
-No, pero te las hago.

Todos los días la misma rutina. Despertador a las 5.30. Ducha. Despertar a Tomás. Desayuno. Despertar a Joaquín. Luchar con Joaquín. Desayunar. Definir la palabra del día. Llevar a Joaquín al colegio. Trabajo. Buscar a Joaquín del colegio. Llevar a Tomás a sus actividades. Cena. Discusión de la palabra de día. Acostarse. Pensar. Extrañar. Llorar. Finalmente dormir. Despertador a las 5.30.

Juan era viudo hacía 1 año. Su esposa había fallecido en un trágico accidente en el que sobrevivió Tomás, su hijo mayor de ahora 14 años. Desde ese día, en que Alma había muerto, Tomás no volvió a hablar, mucho por lo menos. Se culpaba del accidente porque había sido él quien eligió la ruta de regreso, no sin antes una fogosa discusión digna de un adolescente.
Joaquín, ahora de 5 años, mucho no entendía la situación. Sabía que su mamá no estaba, pero no le generaba demasiado dolor. Lo que sí quería era que las cosas se mantuvieran igual con respecto a él. Habrá sido su forma inconsciente de enfrentar la situación.
Los días mantenían su rutina, pero se llevaban toda la energía de Juan que luchaba pro mantener todo de la manera en que lo hacía Alma. Cómo llenas el espacio de un alma que se fue? Cómo seguís viviendo si te falta un alma?

Lo más especial de la vida familiar de los Quiroga era la palabra del día. Alma, licenciada en letras, quería que sus hijos leyeran y supieran hablar correctamente. Porque no es "hablar bien", es "hablar correctamente". No los podía obligar a leer si no querían, aunque Tomás siempre tuvo una especial conexión, una concexión en el alma, con Alma, del alma; y era él el que pedía más y más libros. Como a Juan (posteriormente a Joaquín) no le gustaba leer, ella propuso "la palabra de día". Todos los días, tomaba el diccionario y al azar elegían una denominación. La tarea: simple, consistía en utilizar la palabra sin importar el contexto. Luchar para ingresarla en una conversación, y culminar con una anécdota muchas veces humorística. De noche, después de cenar, discutían cómo les había ido, y si les había costado mucho trabajo incluir entre los pares una palabra como: esternocleidomastoideo. Las más graciosas los últimos tiempos habían sido las historias de Joaquín, que tenían que ver más con pronunciar mal o de hecho tratar de acordarse de la palabra...

Pero el juego divertía cada vez menos. Juan ya no podía fingir estar bien. Tomás ya casi no quería contar sus historias. Y Joaquín, ayudado por sus compañeros de escuela, en la edad más hermosa y cruel, entendía de a poco el por qué de la ausencia de su mamá. Las cosas no andaban bien en la casa Quiroga.

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