jueves, 15 de abril de 2010

Último capítulo: "La chica del traje negro"

Un duelo de titanes entre lo que era y lo que debía ser. Entre lo que sentía y lo que sabía que no quería sentir. Entre lo que le pedía su corazón y lo que le pedía la dueña de su corazón, Lucía.
La cabeza de Alejandra era la arena de semejantes peleas entre dicotomías que hacían que ni altísimas dosis de clonazepan pudieran callarlas.
Sabía lo que tenía que hacer desde el momento en que Lucía, entregada a un amor que no había sentido antes, confesó los detalles de su pasado:
-Era chica, no sabía lo que hacía, me moví por instinto. Es mi vieja, entendés? MI VIEJA, no podía dejar que eso siguiera pasando. La molía a palos y le destruía el alma.
¿Qué sabía yo que el tipo estaba tan conectado? Si me la pasaba viajando, no estaba ahí y cuando estaba, mi vieja estaba destruida. No lo dudé y le reventé la cabeza cuando se dio vuelta. El tipo era un borracho, y la policía mucho no preguntó, parecía un accidente. Eso debería haber sido algo bueno, pero significó que todo estaba podrido Ale, todo. No tenía para donde correr. Si a ningún lugar de Argentina me pude ir, estaban en todos lados esos hijos de puta que querían vengarlo. Decí que por lo menos tenía a esos amigos acá en Barcelona, y este laburo que me cayó del cielo. Fue raro, que se yo, pero acá nadie preguntó nada, encontré este laburo que pagaba bien, que nadie pidió demasiadas referencias, que se yo. Sirvió. Y yo enterré mi pasado mientras pude.
No sabía que una revolcada podía hacerla sentir dudas sobre lo que sabía que tenía que hacer. Si después de todo, fue ella quien puso los anzuelos para que cayera Lucía “la tía de Argentina que tenemos que enterrar”. Iba a ser un trabajo como cualquiera. Unos meses, un accidente de autos, otra muerte sin sospechar. Cómo sino se iba a mantener semejante taller durante semejante crisis financiera? Los italianos de Barcelona movían todos los hilos, incluidos los que manejaban el taller. De tanto en tanto, encargaban un trabajo como estos quedaba a cargo de Alejandra, la única que tenía la sangre tan helada como para soportarlo.
Desde Argentina había llegado el pedido de hacer desaparecer a Lucía, una tía que mató al tipo equivocado en el momento menos indicado, para hacer enojar a tipos innombrables para la mayoría. Alejandra se encargó de encontrarla, aunque no pensaba enamorarse de ella.

-Los frenos papá, los frenos. Ese hijo de puta conectó mal los frenos y se descontroló en la pista cuando estaba haciendo la vuelta de prueba.

Un guiño cómplice de su padre le dio la pauta a Alejandra de que estaban hablando el mismo idioma. Hablaban de un “accidente”, trágico, con un saldo fatal, una vida más en una circunstancia en la que a nadie se culpa. Cristobal supo que su hija había hecho lo que tenía que hacer y la prueba sólo la dio la ropa del cuerpo calcinado. El traje negro que Lucía portaba el día de su muerte.

Ese día, levantarse a las 5 no fue lo mismo, porque después de desayunar, en vez de un maletín, Alejandra levantó una valija, su pasaporte y cerró la puerta de su departamento y de su vida oculta para siempre.
El vuelo llegó a las 8 hora local, el aeropuerto de Tokio parecía un hormiguero, pero la cara de Lucía que la esperaba con una sonrisa y flores de cerezo fue todo lo que necesitó para saber que su vida, empezaba ahí.

-Algún día me vas a perdonar? Dijo Alejandra.
-Si. Pero necesito saberlo….¿Cómo hiciste con el cuerpo?

No hay comentarios:

Publicar un comentario